El Manantial de la sabiduría, Verbo del Padre, cuya naturaleza es la bondad, cuya obra es la misericordia, que rescata y regenera a quienes ha creado, y vela hasta la consumación de los siglos por la viña que sacó de Egipto, Nuestro Señor Jesucristo, hace patentes nuevos designios suyos a causa de la inestabilidad de los espíritus, y renueva los milagros a causa de la desconfianza, de la incredulidad. A la muerte de Moisés, es decir, a la expiración de la Ley, sube al carro del Evangelio, tirado por cuatro caballos, cumpliendo los juramentos que prestó ante nuestros padres, y empuñando el arco de la palabra santa, que había conservado armado durante todo el reino de los judíos, avanza en medio de las olas del mar, en aquella vasta extensión de las naciones cuya salvación fue esbozada por Rahab; Va a poner bajo sus pies la confianza de Jericó, la gloria del mundo y aquel que, ante los pueblos atónitos, fue vencido ya con el primer impulso de la predicación. El profeta Zacarías, (cap. VI) vio aquel carro tirado por cuatro caballos saliendo cuatro veces de entre dos montañas de bronce. El primer carro iba tirado por caballos rojos, y en ellos se nos representaba a los dueños de las naciones, los fuertes de la tierra, aquellos que, sometiéndose por la fe al Dios de Abraham, padre de los creyentes, siguiendo el ejemplo de su jefe, y para asegurar los cimientos de la fe, tiñeron sus vestiduras en Bosra, es decir, en las aguas de la tribulación, enrojecieron con su sangre todos los signos de su milicia; todos aquellos a quienes el gozo de la gloria futura hizo despreciar la espada temporal, y que, convertidos en mártires, es decir, testigos, suscribieron con su confesión el libro de la nueva ley, uniendo a su confesión el peso de los milagros, consagrando el libro y el tabernáculo, obra de Dios y no del hombre, y todos los vasos del ministerio evangélico, con la sangre de mártires racionales sustituyendo a la de los animales; lanzando, en fin, la red de la predicación sobre la vasta extensión de los mares, han formado la Iglesia de Dios con todas las naciones existentes bajo la capa del cielo. Pero como la muchedumbre ha engendrado la presunción, y la malicia ha nacido de la libertad, ha aparecido el segundo carro con sus caballos negros, símbolo del luto y de la penitencia, y en ellos se nos y representa ese batallón conducido por el Espíritu al desierto bajo la dirección del santísimo Benito, nuevo Eliseo de la nueva Israel, batallón que devolvió a los hijos del profeta el bien perdido de la vida común, restableció la red desgarrada de la unidad y se extendió con las buenas obras hasta llegar a la tierra del Aquilón, de la que viene todo el mal, e hizo reposar en los brazos contritos a Aquel que no habita en los cuerpos sometidos al pecado. Después de esto, cómo recrear a las tropas fatigadas y hacer reinar la alegría, sucediendo a los lamentos, llegó el tercer carro, con sus caballos blancos, es decir, los monjes de las órdenes Cístercienses y de Flora, que, parecidos a ovejas trasquiladas, henchidas con la leche de la caridad, salieron del baño de la penitencia, llevando a su cabeza a san Bernardo, aquel cordero revestido desde lo alto por el Espíritu de Dios, que los condujo a la abundancia de los valles, para que los transeúntes librados por ellos aclamen con fuerza al Señor, canten himnos de las batallas. Esos tres ejércitos son los que han defendido a la nueva Israel contra tan gran número de filisteos. Pero a las once, cuando el día se inclinaba ya hacia la tarde, y cuando la caridad se enfrió en la iniquidad y el sol de la justicia descendía ya hacia su ocaso, el Padre de familia ha querido reunir una milicia más adecuada aún para proteger la viña que plantó con su mano, y que han cultivado obreros reclutados en diferentes tiempos cuya viña no es solamente estaba invadida por los zarzales y los abrojos, sino casi desarraigada por una multitud enemiga de raposas. Por eso, como vemos actualmente, a continuación de los tres primeros carros, diferentes por sus símbolos, Dios ha suscitado bajo la figura del cuarto carro, tirado por caballos fuertes y de color vario, las legiones de Frailes Predicadores y menores, con sus jefes elegidos para el combate. Uno de esos jefes fue santo Domingo, hombre a quien Dios concedió la fuerza y el ardor de la fe, y a cuyo cuello adoptó, como al caballo de su gloria, el relincho de la divina predicación. Desde su infancia poseyó corazón de anciano, practicó la mortificación de la carne y buscó al Autor de la vida. Consagrado a Dios siguiendo la regla del bienaventurado Agustín, imitó a Samuel en el servicio asiduo del templo, y sustituyó a Daniel en el fervor de sus religiosos deseos. Atleta valeroso, siguió los senderos de la justicia y el camino de los santos; apenas se dio punto de reposo en la guarda del Tabernáculo y de los oficios de la iglesia militante; sometió la carne a la voluntad, los sentidos a la razón, y, transformado en solo espíritu de Dios, se esforzó por diluirse en Él por el exceso de contemplación, sin disminuir en su corazón y en sus obras el amor al prójimo. Al mismo tiempo que hería de muerte las delicias de la carne y llenaba con el resplandor luminoso la inteligencia cegada de los impíos, toda la secta de los herejes tembló, toda la iglesia de los fieles se conmovió. La gracia, mientras tanto, aumentaba en él al mismo tiempo que su edad, y el celo por la salvación de las almas le embriagaba con inefable alegría; no contento con haberse dedicado por entero a la palabra de Dios, convirtió al ministerio evangélico a tan gran número de hombres, qué mereció gozar de un nombre y una obra en la tierra de los patriarcas. Llegado a pastor y príncipe en el pueblo de Dios, instituto por sus méritos una nueva Orden de Predicadores, la reglamentó con sus ejemplos y no cesó de confirmarla con milagros evidentes y auténticos. Entre los signos que manifiestan su poder y su santidad durante el curso de su vida mortal, devolvió la palabra a los mundos, la vista a los ciegos, el oído a los sordos, la acción a los paralíticos, la salud a un sinfín de enfermos, y aparece claramente por tales prodigios cuál era el espíritu que animaba el barro a su santísimo cuerpo. Nos, que le conocimos familiarmente durante el tiempo en que ocupamos un cargo menos importante en la Iglesia, y que en el espectáculo mismo de su vida hemos tenido una prueba de su santidad, ahora que testigos dignos de fe nos han comprobado la veracidad de sus milagros, creemos con el rebaño del Señor, confiado a nuestro cuidado, que, gracias a la misericordia de Dios, podrá sernos útil con sus sufragios, y que después de habernos consulado sobre la tierra con su amable amistad, nos ayudará desde el Cielo con su poderoso patrocinio. Por todo ello, por consejo y consentimiento de nuestros cardenales y de todos los prelados que ayudaron entonces a la sede apostólica, hemos resuelto inscribirle en el Libro de los Santos y estatuimos firmemente y os ordenamos a todos por el presente documento celebréis y hagáis celebrar su fiesta con solemnidad en las nonas de agosto, víspera del día en que abandonó la carga de su carne y penetró, rico de méritos, en la Ciudad de los santos, a fin de que el Dios a quien honró en vida, conmovido por sus plegarias, nos conceda la gracia en este mundo y la gloria en el futuro. Queriendo, además, que el sepulcro de este gran confesor, sepulcro que ilustra la iglesia católica con sus patentes milagros, sea continuamente frecuentado y venerado por los cristianos, concedemos a todos los fieles penitentes y confesos que le visiten cada año con devoción y respeto, en el día de la fiesta del santo, el perdón de un año de penitencia, confiando para esto en la misericordia de Dios Todopoderoso en la autoridad de los Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo. Dado en Rieti el 5 de las nonas de julio, en el octavo año de nuestro pontificado.” (“Bulario de la Orden de Predicadores” t. I, pág. 67. Véase en los “bolandistas”, t. I, de agosto, comentario preparatorio a las actas de santo Domingo, una disertación sobre la fecha de esta bula, fecha que ha sufrido algunas controversias.)
SIGUE...