CAPÍTULO VI - Apostolado de santo Domingo desde el principio de la guerra de los Albigenses hasta el cuarto concilio de Letrán. - Institución del Rosario. - Reunión de santo Domingo y de sus primeros discípulos en una casa de Tolosa.
El momento en que estalló la guerra de los Albigenses fue precisamente aquel en que se reveló toda la virtud y todo el genio de Domingo. Tenía que temer dos escollos: abandonar su misión en un país regado por la sangre y lleno de alarmas, o tomar en la guerra la misma participación que los religiosos del Císter. En ambos casos dejaba de cumplir su destino. Si huía, desertaba del apostolado; y si se mezclaba en la cruzada, privaba a su vida y a su palabra del carácter apostólico. Por eso no hizo ni una cosa ni otra. Tolosa era, en Europa, la capital de la herejía; era, pues, en Tolosa en donde debía procurar obrar preferentemente, imitando a los primeros apóstoles, quienes, lejos de huir del mal, iban siempre a buscarlo precisamente en el foco de su gravedad. San Pedro fijó primeramente su residencia en Antioquía, la reina de Oriente, enviando a su discípulo san Marcos a Alejandría, una de las ciudades más ricas y más comerciales del mundo; san Pablo habitó durante largo tiempo en Corinto, afamado entre las ciudades griegas, a causa del esplendor de su corrupción; ambos, sin haberse puesto de acuerdo, vinieron a morir en Roma. “No está bien que un profeta, decía Jesucristo, perezca fuera de Jerusalén.” (San Lucas, XIII, 33.) - Era, pues, en Tolosa, foco y faro de todos los errores, en donde convenía a Domingo levantar su tienda, fuese cual fuera el cariz de los asuntos. Los hombres de poca fe esperan la paz, según dicen ellos, para obrar; el Apóstol siembra en la tempestad para cosechar cuando llega el buen tiempo. Recuerda las palabras de su Maestro que dicen: “Oiréis hablar de batallas y ruido de batallas; procurad no perder la serenidad”. (San Mateo, XXIV.) Pero al perseverar en su misión a pesar de los terrores de la guerra, Domingo comprendió que entonces menos que nunca debía alterar la fisonomía pacífica y abnegada. Por muy justo que sea desenvainar la espada contra aquellos que imprimen a la verdad con la violencia, es cosa difícil que la verdad no sufra por esta protección y no se ha haga cómplice de los excesos inseparables de todo conflicto sangriento. La espada no se detiene precisamente en el límite del derecho; es naturaleza suya volver a su vaina con dificultad una vez caldeada en manos del hombre. Para combatir al lado de la justicia hay que ser ángeles, pues el espíritu humano siente retrocesos tan rápidos, que los opresores vencidos pudieran tener la esperanza de encontrar asilo en la parcialidad de la compasión. Era de importancia soberana que Domingo continuase fiel al plan del magnánimo Azevedo, y que al lado de la caballería armada para defender la libertad de la Iglesia apareciese el hombre evangélico, fiado solamente en la fuerza de la gracia y de la persuasión. En Polonia, cuando el sacerdote recitaba el Evangelio en el altar, el caballero desenvainaba su espada hasta su mitad y escuchaba en esta apostura militar la dulce palabra de Cristo. He aquí las verdaderas relaciones de la ciudad del mundo con la ciudad de Dios, representada por el sacerdote, habla, ruega, bendice y se ofrece en sacrificio; la ciudad del mundo, representada por el caballero, escucha en silencio, unida a todos los actos del sacerdote, y empuña su espada atenta, no para imponer la fe, sino para asegurar su libertad. El sacerdote y el caballero cumplen en el misterio del Cristianismo dos funciones que no deben confundirse nunca, entre las cuales la primera debe ser siempre más visible que la segunda. Mientras el sacerdote canta en voz alta el Evangelio ante el pueblo y a la luz de los cirios, el caballero retiene su espada desenvainada hasta su mitad, porque la misericordia le habla al mismo tiempo que la justicia y porque el Evangelio mismo, por el que está preparado, le dice al oído: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra”. (San Mateo, V. 4.)
Domingo y Montfort fueron los dos héroes de la guerra de los Albigenses: el uno como caballero, el otro como sacerdote. Ya hemos visto la manera cómo Montfort cumplió su deber; veamos ahora cómo cumplió el suyo Domingo.
SIGUE...