Es una verdad espantosa la que nos dice el P. Brambila, en su artículo: "La desorganización mental del mundo ha llegado a tales extremos, que la ortodoxia aparece ahora más bien como un milagro sobre la naturaleza, que como una actitud humana normal y ordinaria". Yo recuerdo los tiempos pasados; no hablo de mi niñez, de mi juventud, de aquellos tiempos despreocupados y felices de mis estudios en los escolasticados de la Compañía; hablo de tiempos más recientes, de los tiempos luminosos de Pío XII, cuando los documentos pontificios mantenían la seguridad, el equilibrio, la paz interior de las conciencias, contradiciendo sin equívocos los errores dogmáticos, que las corrientes subterráneas, a pesar de las condenaciones y advertencias gravísimas del Santo Oficio y del Santo Padre, trataban ya de imponer con el nombre subversivo de la "NUEVA TEOLOGIA".
Toca el P. Brambila otro punto importantísimo, que la nueva teología del Vaticano II declaró y que sirve de base a uno de los decretos más comprometedores del Concilio, el decreto sobre la libertad religiosa. Sin ese decreto, el movimiento "ecuménico", —una de las metas más codiciadas por ese Concilio Pastoral—, hubiera sido, sencillamente, irrealizable. El movimiento ecuménico supone un pluralismo, reconocido y aceptado como legítimo, una cierta igualdad entre todas las religiones, sin la cual solamente cabría un trabajo apologético y apostólico, por el que los católicos trabajasen fervientemente por la conversión de los no católicos, para realizar así el gran anhelo del Corazón de Cristo: "ut omnes unum sint", el que todos los hombres sean un "sólo rebaño debajo de un solo pastor".
Dice el P. Brambila: "Si el mundo moderno tiene tanto respeto a la dignidad de la persona humana es porque la Iglesia lo dijo desde el principio y el mundo acabó por aceptarlo. Y ahora se ahonda en los derechos de la persona, uno de los cuales es el que nadie le imponga por la fuerza ninguna ideología religiosa. Los derechos de Dios quedan firmes, pero se deja a Dios mismo la vindicta sobre los violadores, ya que solamente El conoce realmente hasta qué punto lo son. Y se busca un equilibrio entre los derechos de la persona y los derechos de Dios sobre la persona. Equilibrio no siempre fácil de hallar y formular".
Hay, pues, aquí un conflicto real entre los derechos de la persona humana y los Derechos del mismo Dios; el equilibrio, entre ambos derechos no es "siempre fácil de hallar y formular". "Lamenta, pues, la Iglesia —dice la Constitución GAUDIUM ET SPES del Concilio (21, 6)— la discriminación entre creyentes y no creyentes, que algunas autoridades políticas, negando los derechos fundamentales de la persona humana, establecen injustamente". Y más adelante añade: "Toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada, por ser contraria al plan divino". (29, 2). "El hombre contemporáneo camina hoy hacia el desarrollo pleno de su personalidad y hacia el descubrimiento y afirmación creciente de sus derechos". (41, 1).
Ante este enfrentamiento entre los derechos del hombre y los Derechos de Dios, cabe preguntar, en primer término, si el hombre, frente a Dios, tiene o puede tener algún derecho. Porque, pienso, que nuestra naturaleza de ser contingente, finito, limitado, participado, de ser creado, de ser, cuya esencia y existencia dependen total, absolutamente de Dios, no puede, en manera alguna pretender ningún derecho respecto de su Creador, de su Señor y Dueño. ¿Quid habes, quod non accepisti? Si autem accepisti, quid gloriaris quasi non acceperis? (I Cor. 4, 7). (¿Qué tienes que no lo hayas recibido? y si lo has recibido ¿por qué te ensoberbeces, por qué te engríes, por qué te levantas con lo que no es tuyo?).
Esa proclamación o declaración de los derechos del hombre, fruto maduro de la Enciclopedia, de la Revolución Francesa, de la doctrina masónica, es, a no dudarlo, la doctrina inspiradora de la "Pacem in Terris" de Juan XXIII y la que el Vaticano II quiso adaptarla a la divina revelación. Hay aquí un manifiesto rompimiento con la doctrina de la Iglesia preconciliar. La inquisición resulta no sólo anacrónica, sino atentatoria y anticatólica. Yo quisiera encontrar las pruebas evangélicas, de las que nos habla el Vaticano II cuando afirma: "La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio, que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos". (41, 3).
No deja de ver el Concilio Pastoral la dificultad intrínseca a esa novedosa explicación del Evangelio; por eso añade, en el mismo lugar: "Debe, sin embargo, lograrse que este movimiento quede imbuido del espíritu evangélico y garantizado frente a cualquier apariencia de falsa autonomía. Acecha, en efecto, la tentación de juzgar que nuestros derechos personales solamente son salvados, en su plenitud, cuando nos vemos libres de toda norma divina. Por esa vía, la dignidad humana no se salvaría, más bien perecería". (41, 3).
Aquí está el problema: ¿puede el hombre tener cualquier autonomía, que no sea falsa, respecto de Dios? No debemos confundir la libertad física con la libertad moral. El hombre, por su libertad física, puede, por desgracia, rebelarse contra Dios, negar a Dios, no aceptar la divina revelación; pero, al hacerlo, no usa, sino abusa de su libertad física, pasando por encima de los límites que le impone la libertad moral, cuando esto hace.
He aquí cómo expone el Vaticano II, en su famosa Declaración "Dignitatis Humanae" (2, 1) la libertad religiosa: "Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares, como de grupos sociales y de cualquier potestad humana; y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella, en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara, además, que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado, tal como se la conoce, por la palabra revelada por Dios y por la misma razón natural. Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad de forma que llegue a convertirse en un derecho civil".
Siendo la religión el conjunto de relaciones que unen o deben unir al hombre con Dios, síguese que, según las palabras conciliares antes citadas, el hombre tiene respecto a Dios un derecho para escoger y practicar su religión, conforme a los dictámenes y la libre elección de su propia conciencia. Porque la libertad externa, para ser recta, necesita forzosamente fundarse en la libertad interna, ya que el hombre para obrar ha de ajustar sus actos a su conciencia. Ya sabemos que puede haber y de hecho hay conciencias erróneas, invenciblemente erróneas, por lo menos en algunas circunstancias, aunque no debemos olvidar que la ley natural sobre la cual descansa también la verdad religiosa, se nos manifiesta por la voz de la conciencia, la luz de la razón y por las gracias medicinales, que Dios a nadie niega para encontrar el camino de la verdad y de la vida. Pero esta conciencia errónea no funda, ni puede fundar un verdadero derecho, ni ante Dios, ni ante los hombres. Merece ser aquí reproducido lo que a este propósito nos dice León XIII en Su "LIBERTAS":
"Así, pues, la libertad propia, como hemos dicho, de los que participan de inteligencia o razón, y mirada en sí misma no es otra cosa sino la facultad de elegir lo conveniente a nuestro propósito, ya que sólo es señor de sus actos el que tiene facultad de elegir una cosa entre muchas. Ahora bien: como todo lo que se toma con el fin de alcanzar alguna cosa tiene razón de bien útil, y éste es, por naturaleza, acomodado para mover propiamente el apetito, por eso el libre albedrío es propio de la voluntad, o mejor, es la voluntad misma en cuanto tiene, al obrar, la facultad de elección. Pero, de ninguna manera se mueve la voluntad si delante no va, iluminándola, a manera de antorcha, el conocimiento intelectual; es decir, que el bien apetecido por la voluntad es el bien precisamente en cuanto conocido por la razón. Tanto más, cuanto más, cuanto que, en todos los actos de nuestra voluntad siempre antecede a la elección el juicio acerca de la verdad de los bienes propuestos y de cuál ha de anteponerse a los otros; pero ningún hombre juicioso duda de que el juzgar es propio de la razón y no de voluntad. Si la libertad, pues, reside en la voluntad, que es por naturaleza un apetito que obedece a la razón, sigúese que la libertad misma ha de tener como objeto, igual que la voluntad, el bien que sea conforme a la razón.
"Pero, como una y otra facultad distan de ser perfectas, puede suceder, y sucede, en efecto, muchas veces, que el entendimiento propone a la voluntad lo que en realidad no es bueno, pero tiene varias apariencias de bien, y a ello se aplica la voluntad. Pero, así como el poder errar y el errar de hecho es vicio que arguye un entendimiento no del todo perfecto, así el abrazar un bien engañoso y fingido, por más que sea indicio de libre arbitrio, como la enfermedad es indicio de vida, es, sin embargo, un defecto de la libertad. Así también la voluntad, por lo mismo que depende de la razón, siempre que apetece algo, que se aparta de la recta razón, vicia profundamente el albedrío y lo usa perversamente. Y ésta es la causa por que Dios, infinitamente perfecto, el cual por ser infinitamente inteligente y la bondad por esencia, es infinitamente libre, en ninguna manera puede querer el mal de culpa, como ni tampoco pueden los bienaventurados del Cielo, a causa de la contemplación del Bien Sumo. Sabiamente advertían contra los pelagianos San Agustín y otros que, si el poder apartarse del bien fuese según la naturaleza y perfección de la libertad, entonces Dios, Jesucristo, los ángeles, los bienaventurados, en todos los cuales no se da semejante poder, o no serían libres o lo serían con menor perfección que el hombre peregrino e imperfecto. Acerca de este discurso el Doctor Angélico dice que el poder pecar no es libertad, sino servidumbre".
Ese equilibrio que el Vaticano II pretende establecer entre los Derechos de Dios y los pretendidos derechos del hombre, que, aunque sea por equívoco, se adhiere al error, no puede hallarse, por las dos razones ya expuestas, porque el hombre, ante Dios, no tiene ni puede tener derecho alguno, que no se funde en las mismas perfecciones del Creador; y, segundo, porque el error no es atributo de la verdadera libertad, aunque el error se admita en buena fe. Una cosa es la carencia de culpabilidad, en esa ignorancia invencible y otra, muy distinta, el derecho que del error involuntario quieren sacar los padres conciliares. No; la dignidad de la persona humana, cuya mayor excelencia es la de ser obra de Dios y de estar creado para participar, en algún modo, la felicidad misma de Dios, no puede fundar ningún derecho para escoger la religión que más le plazca, ni para defender ese pluralismo, que ha pretendido establecer como un progreso humano la mente postconciliar.
El error es siempre error, aunque se tenga de buena fe; como la enfermedad es enfermedad, aunque se desconozcan las fuentes de la infección. El mosquito, portador de malaria, del que nos habla el P. Brambila, debe ser combatido enérgicamente, si es que deseamos salvar de ese gravísimo peligro a los seres humanos, entre los cuales esa infección puede cundir. El pretender dar a los "involuntarios" herejes la absoluta libertad para vivir en la herejía y para difundirla, me parece tan absurdo como el querer dejar sin combatirlos esos mosquitos portadores de la malaria. Si algún derecho puede fundar la dignidad de la persona humana es precisamente el derecho de salvar la obra de Dios, el plan salvífico de Dios; el buscar todos los medios legítimos y justos para abrirle los ojos al pobre hereje, que, consciente o inconscientemente, está fuera del camino de la verdad.
Aun la autoridad civil puede refrenar, por lo menos, las manifestaciones externas de la herejía, cuando ésta, como ha sucedido en el pasado, puede turbar la paz social, la unidad religiosa, en la que se funda y estabiliza la armonía y el orden de la nación. Y un ejemplo lo demuestra: hay religiones que admiten la poligamia, que es generalmente rechazada por los Estados modernos, aun los que no son católicos. En estas condiciones, la ley, la policía y los tribunales deben combatir ese mal social, aunque esté autorizado por esas religiones no cristianas.
La Iglesia, cuya misión primordial es la de custodiar incólume el Depósito de la Verdad Revelada, no sólo puede, sino debe denunciar con absoluta libertad y claridad los errores y promover, como dice el conocido escritor mexicano, la verdad, cumpliendo el mandamiento del Maestro: "Id y predicad a todas las gentes". Indiscutiblemente es malo atropellar a una persona que se equivoca; pero inmensamente peor es tolerar la herejía, por respeto a la persona del hombre que se equivoca, aunque sea Papa, obispo o simple fiel.
CONTINUARÁ...