Re: VIDA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN (Fray Enrique Domingo Lacordaire OP)
Publié : dim. 17 mars 2019 12:17
Ya hemos dicho que Domingo fue durante largo tiempo canónigo de Osma y que en Francia había continuado el uso de su hábito, habiéndolo adoptado también para su Orden. Este hábito consistía en una túnica de lana blanca recubierta por una sobrepelliz de lino, envueltas ambas por una capa y una capucha de lana negra. Pero en el vestido que la Santísima Virgen mostró a Reginaldo, la sobrepelliz de lino estaba reemplazada por un escapulario de lana blanca; es decir, por una simple banda de tela, destinada a cubrir la espalda y el pecho, descendiendo por ambos lados hasta las rodillas. Este vestido no era nuevo. Se habla de él en la vida de los religiosos de Oriente, que lo adoptaron, sin duda, como complemento de la túnica, cuando el trabajo o el calor les obligaba a despojarse del manto. Nacido del sentimiento de pudor, cayendo como un velo sobre el corazón del hombre, el escapulario había llegado hacer en la tradición cristiana el símbolo de la pureza, y en consecuencia, el hábito de María, la Reina de las Vírgenes. Al mismo tiempo que ceñía María en la persona de Reginaldo toda nuestra Orden con el “cíngulo de pureza” y preparaba sus pies para la “predicación del Evangelio de paz”, con el escapulario le daba el signo exterior de esta virtud de los ángeles, sin la cual es imposible sentir y anunciar las cosas celestiales.
Después de este gran acontecimiento, uno de los más famosos de la antigüedad Dominicana, Reginaldo salió para Tierra Santa, de dónde le veremos volver en su día, y la Orden abandonó la sobrepelliz de lino, reemplazándola por el escapulario de lana, convertido en parte principal y característica de su indumentaria. Cuando un religioso predicador hace profesión, su escapulario es lo único que bendice el prior que recibe sus votos, y en ningún caso puede salir de su celda sin haberse revestido con él, ni para que le lleven al sepulcro. La Santísima Virgen manifestó de otra manera también, en la misma época, la ternura materna que sentía por la Orden. “Una tarde que Domingo había quedado orando en la iglesia, salió de ella cuando ya era de noche, y entró en el dormitorio donde los frailes tenían sus celdas y dormían ya. Cuando hubo terminado lo que había venido a hacer, se puso de nuevo a orar en uno de los extremos del dormitorio, y mirando por casualidad al opuesto, vio que se adelantaban tres señoras, entre las cuales, la que iba en el centro parecía la más bella y más venerable. Sus compañeras llevaban, una, un magnífico acetre; la otra, un hisopo, que presentaba a su Señora, la cual roció a los religiosos e hizo la señal de la cruz sobre ellos. Pero al llegar ante cierto religioso, pasó sin bendecirle. Al notar Domingo quién era el interesado, fue hasta la mujer que bendecía y que estaba en mitad del dormitorio, cerca de la lámpara suspendida en aquel lugar; se prosternó a sus pies, y aunque ya la hubo reconocido, la suplicó le dijiste quién era. En aquel tiempo, esa bella y devota antífona “salve Regina”, no se cantaba en el convento de los religiosos y religiosas de Roma; solamente se recitaba de rodillas, después de las completas. La mujer que bendecía respondió al bienaventurado Domingo: “soy aquella a quien invocáis todas las noches y cuando decís eia ergo advocata nostra, me prosterno ante mi hijo por la conservación de esta Orden.” entonces el bienaventurado Domingo se informó sobre quiénes eran aquellas dos jóvenes que la acompañaban. La Santísima Virgen contestó: “una es Cecilia, la otra Catalina.” Domingo preguntó aún porque había pasado uno de los religiosos sin bendecirlo, y le contestó: “porque no estaba de manera conveniente.” y habiendo terminado su ronda, rociado y bendecido al resto de los frailes, desapareció. Domingo volvió a orar al lugar en donde estaba antes, y apenas comenzó su oración, se vio arrebatado en espíritu hasta llegar a Dios. Vio al Señor, que tenía a su derecha a la Bienaventurada Virgen, y le pareció que Nuestra Señora estaba revestida con un manto de color zafiro. Mirando a su alrededor, vio ante Dios religiosos de todas las Ordenes; pero no vio a ninguno de los suyos. Entonces rompió a llorar amargamente, no atreviéndose aproximarse al Señor ni a su Madre. Nuestra Señora le hizo con la mano señal para que se acercase; pero él no osó hacerlo, hasta que el Señor le hizo el mismo signo. Entonces fue y se prosternó ante ellos llorando amargamente. El Señor le dijo: “¿Por qué lloras tan amargamente?” y él respondió: “Lloro porque veo aquí religiosos de todas las órdenes y no veo ninguno de la mía.” Entonces el Señor dijo: “¿Quieres ver tu Orden?”. Domingo respondió temblando: “sí, Señor.” El Señor puso su mano sobre el hombro de la Bienaventurada Virgen, diciendo a Domingo: “yo he confiado tu Orden a mi Madre.” y luego dijo: “verdaderamente, ¿Quieres ver tu Orden?” y él contestó: “sí, Señor.” En aquel momento la Bienaventurada Virgen abrió el manto que la revestía, y extendiéndolo ante los ojos de bienaventurado Domingo, de tal manera que cubriera con su inmensidad toda la patria celestial, vio bajo él una multitud de sus hermanos. Domingo se prosternó para dar gracias a Dios y a la Bienaventurada María, su Madre, y la visión desapareció, volvió en sí, y tocó a maitines. Una vez terminados los maitines, convocó a sus hermanos a capítulo y les pronunció un bello discurso sobre el amor y la veneración que debían sentir hacia la Bienaventurada Virgen, y, entre otras cosas, los relatos su visión. A la salida del capítulo se retiró a solas con el religioso a quien la Bienaventurada Virgen no había bendecido, y le preguntó con dulzura si no le había ocultado algún pecado secreto, pues aquel mismo religioso había confiado al bienaventurado Domingo su confesión general. El aludido contestó: “padre, nada tengo sobre la conciencia, a no ser que esta noche al despertarme me encontrado en la cama sin vestidura alguna.” el bienaventurado Domingo contó está visión a la hermana Cecilia y a las demás hermanas de San Sixto, pero atribuyéndola a otro; pero los religiosos que estaban presentes hicieron una señal a las religiosas para indicar que era a él a quién se había presentado. Aprovechando esta ocasión, el bienaventurado Domingo ordenó a todos que en cualquier sitio que hiciese noche, se acostaste con túnica y calzas.” (relato de sor Cecilia, n. 7.)
SIGUE...